Per què hem triat aquest llibre?


– Perquè des de fa algun temps dediquem el febrer a llegir novel·la negra, adherint-nos així a la Barcelona Negra.

– Perquè és un llibre que enganxa gairebé des de la primera pàgina i ens transporta a un lloc on sembla que no ha de passar mai res. La recollida i tranquil·la ciutat de Vitoria n’és l’escenari. I el llibre fa venir ganes d’anar-hi i descobrir-la o re-descobrir-la si és el cas.

– Perquè com passa amb els llibres que ens atrapen, estem segurs que anireu a llegir el segon volum i estareu amatents a la imminent sortida del tercer –que a molts ja ens té força impacients.

-Perquè l’inspector Unai López de Ayala és un d’aquells personatges amb llums i ombres que tant enriqueixen les novel·les negres.

Per saber-ne més

 

Un tastet de l’obra

 

(Segur que no podeu deixar de llegir.....)
PRÓLOGO

Vitoria, agosto de 2016

Las cámaras de televisión se obsesionaron con acosar a mi cuadrilla. Necesitaban un titular y estaban convencidos de que mis amigos podrían dárselo. Los siguieron por toda Vitoria desde que saltó la noticia de que el asesino me había disparado: a partir de aquel momento, no hubo descanso para nadie.

A primera hora, apostados en las entradas de sus portales. Y por las tardes, cuando quedaban en el Saburdi de la calle Dato, a tomar unos pinchos en silencio. Pero aquellos días nadie tenía ganas de hablar, y la presencia impenitente de los reporteros no ayudaba.

—Sentimos lo que le ha ocurrido al inspector Ayala. ¿Vais a ir a la concentración de esta tarde? —les preguntó un periodista, mientras agitaba un periódico frente a ellos con la noticia en primera plana y mi imagen ocupando casi más que el titular.

El tío grandote y moreno que intentaba sin éxito ocultar su rostro de las cámaras era yo, días antes del disparo.

Mis amigas bajaron la cabeza, mis amigos dieron la espalda al cámara.

—Estamos en shock —se arrancó por fin Jota, apurando su vino tinto—. La vida no es justa, no es justa.

Tal vez creyó que sería suficiente para que los dejaran en paz, pero entonces los reporteros vieron a Germán, mi hermano, imposible de ignorar con el metro veinte de estatura con que le castigaba su enanismo. Germán intentó escabullirse hacia los aseos. El reportero, con el ojo ya curtido en mil exclusivas, avisó a los cámaras en cuanto lo reconoció.

—¡Es el hermano, seguidlo!

Mi hermano se volvió antes de cerrarle la puerta del baño en las narices, gesto que se reprodujo en todos los canales nacionales aquella misma noche.

—Váyanse a la mierda —se limitó a decir, ni siquiera enfadado, ni siquiera ofendido. Simplemente agotado.

Sé que todos los vitorianos estaban consternados porque yo había acabado con un tiro en la cabeza, y si hubiera podido pensar en aquellos momentos, cosa que era fisiológicamente imposible, se me habrían puesto de corbata solo por la emoción.

Un policía nunca espera cerrar un caso siendo la última víctima del asesino en serie que tiene aterrorizada a la ciudad, pero la vida tiene formas muy creativas de jugártela.

Y… sí: yo no salí bien parado. Terminé, como digo, con una bala en el cerebro. Pero tal vez debería desgranar los detalles de lo que en un principio se dio en llamar «El doble crimen del dolmen», y terminó siendo una matanza programada con todas sus letras durante muchos muchos años por una mente criminal que estaba muy por encima del cociente intelectual de cualquiera de los que intentamos darle caza a tiempo.

Glòria López Forcen